EuroPhonica

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QUINTO PROGRAMA: LA EUROPA MULTICULTURAL

Hace la friolera de 55 años que nació un proyecto común entre un conjunto de países a los que les ha tocado ser, estar y desarrollarse uno junto al otro. En un principio, se llamó a aquello Comunidad Europea del Carbón y el Acero, por necesidad de acuerdos vinculados con la siderurgia (situémonos en los años 50). Años más tarde, pasó a denominarse Comunidad Económica Europea y, posteriormente, en la década de los 90, Unión Europea. Y este conjunto no ha dejado de crecer, integrando a los diferentes países vecinos que también compartían aquél espacio en el mundo. Cada uno de ellos aportando al grupo sus formas de vivir.

Y como si de un bloque de pisos se tratase, se debe convivir, se deben llegar a los acuerdos más pertinentes para esa comunidad. Esa es la palabra: comunidad. Algo que nuestros predecesores romanos, si atendemos a la raíz latina del término entendían como una cualidad, algo positivo. Algo que fomentar. Y tras un punto de inflexión en la historia tan trascendente como lo fue la Segunda Guerra Munidal, una Europa devastada, hambrienta, fría, necesitaba reconstruirse. Debía unirse, curarse y fortalecerse. Sus gentes alzaban la vista por encima de las fronteras y buscaban, con el gesto de la esperanza en su rostro, una mano tendida al otro lado.

Por supuesto que había unos intereses económicos y políticos detrás de esta organización, el mundo se mueve demasiadas veces por estos motivos. Pero dejando al margen estos intereses, suena más humano rescatar el proyecto de futuro que también anudaba la unión de los países europeos. Porque estamos más cerca de lo que pensamos, unos y otros. Y cabe mencionar la sabiduría popular, que tantas veces nos ha recordado que la unión hace la fuerza.

No podemos elegir de dónde venimos. Somos el resultado de lo que vemos, de lo que escuchamos, de lo que comemos, con quienes estamos… Nos hemos formado gracias a estar en contacto con lo que tenemos a nuestro alrededor, y de ahí nace nuestro ímpetu para preservarlo o para mejorarlo. Y pese a tener un entorno común, pongámosle el nombre de “sociedad”, somos, hablando en plata, cada uno de nuestro padre y de nuestra madre, que se suele decir. Cada uno es, y cada uno está, dentro de una sociedad que realmente no ha elegido. Evidentemente llega un momento en el que, por querer o por deber, entra en juego la decisión de permanecer en el lugar donde se nació o buscar el más adecuado para uno mismo.

Pero en cada rincón de Europa -y del mundo- han arraigado familias, generaciones, que han pasado sus costumbres, su forma de comunicarse, su forma de hacer, su forma de vivir, de unos a otros. Todo ello transversal a las diferentes perspectivas sobre la parcela del mundo que comparten, y sobre lo que hay fuera de ella.

Y en Europa, en la Unión Europea, en el mismo suelo y bajo el mismo cielo, hay multitud de visiones del mundo y concepciones que intercambiar, y que definen la misma realidad. Eso es una de las propiedades que caracteriza a la Unión Europea: la multiculturalidad. El valor de compartir, suprimiendo los kilómetros que nos separen.

¿Dónde está la frontera de Europa? El paso de las personas entre los países que la componen hace que esas fronteras se debiliten. Estamos caminando en la misma dirección.